Por Moira Soto
“En los
pueblos se suele elevar a la categoría de belleza a ciertos arquetipos
promovidos por los medios gráficos y audiovisuales”, memora Bárbara Massó del
lugar donde pasó infancia y adolescencia. “Y ser un poco diferente cuando sos
muy joven, se vuelve medio inconfortable a veces. Al menos, así fue un poco
para mí. Por eso, en análisis necesité un tiempo para poder definir qué era
realmente para mí la belleza, cuánto me había sido impuesto… Y empezar a
construir mi categoría singular, separándome de lo que es paradigmático, pura
imagen. Entonces, cuando pude descifrar lo que era para mí la belleza, el
resultado nada tenía que ver con ciertos preconceptos dominantes. Y en
consecuencia empecé a sentirme mucho mejor”.
-Muy,
muy grande. De estar empapada de aquella movida social, llegar a Buenos Aires y
meterme solo a estudiar fue un sacudón. Ver a la gente pidiendo en la calle me
hacía sufrir, me sentía culpable de no poder hacer nada por esas personas en
esta mole tan enorme. Hablé ese primer año con Iván, le comenté mis pesares y
me dijo: “Primero ocúpate de estar bien vos, y a partir de lograrlo vas a
empezar a poder proyectar para afuera”. Además, mi mamá, que fue muy generosa
conmigo porque le costó la separación, estaba preocupada por los riesgos de la
gran ciudad, me pedía que la llamara seguido. En cambio, mi papá, que conocía
Buenos Aires, me sugería que tratara de hacerme amigos. Al principio, la
soledad se hacía sentir, todavía no conocía a nadie. Por eso agradezco tanto el
apoyo de mis padres, que me acompañan hasta el día de hoy: tengo un estreno y
dejan todo para venirse a verme. Ahora que llega lo del Regio, con Rabia
Roja, están más que contentos.
-Leí El
existencialismo es un humanismo. Trabajé con mi directora y amiga, Eva
Carrizo Villar, profe de filo, actriz. Había leído algunas cosas de filosofía,
pero no tan dura. Ella me ayudó mucho a entrarle al libro, me acompañó, me
sugirió. El existencialismo… se relaciona con la propuesta de
Silvina Sabater, que me dijo: “Mirá, Sartre tiene un arco de producción que va
de lo fenomenológico, ontológico digamos, al compromiso con lo histórico y con
lo político”. Pudimos trabajar entonces desde una perspectiva teórica por un
lado, pero por otro muy personal. Eva me propuso un modo de escritura que usó
Marie Bardet al referirse a Bergson y la danza. Es decir, hubo en el
trabajo una zona dura, teórica, y otra que escribí en primera persona. Trabajé
primero la posmodernidad, la dificultad del compromiso político y sus
posibilidades en la actualidad, investigué otros autores. Después, hicimos un
análisis de la propuesta de Silvina sobre Ofiuco, obra en la que
trabajé. En la última parte del IUNA, milité en una agrupación: el compromiso
que había adquirido en mi tercer año con Silvina me permitió comprometerme
también con la institución. Ese es el arco de la tesis. Como resultado, medio
que me enamoré de Sartre, seguí leyéndolo. Es muy interesante lo que él dice
sobre el teatro, establece una relación entre el teatro filosófico y la
filosofía dramática: unos cruces buenísimos.
-Lo
primero que hice fue una performance con esos poemas en la universidad de La
Plata y en otros espacios, con Ramiro Lehkuniec. Salíamos en grupo con una
linterna, vestidos de policías. Después estuve en La verdad sobre la
temporada de liebres, que para mí fue como una puerta que se me abrió: me
vieron Maruja y Gael, que luego me llamaron. Primero hice Pollerapantalón,
de Lucas Lagré, después Saturnalia. Y me convocó Maruja Bustamente,
un hecho decisivo en mi camino no solo por las buenísimas obras, sino por la
comunicación tan grande que establecimos. Aprendí un montón de ella: en el
primer espectáculo, Dios tenía…, yo tenía 24. Cruzarme con
Maruja fue un acontecimiento providencial, me ayudó mucho a crecer. Maruja fue
y es muy generosa conmigo, me confió personajes hermosos, profundos, muy
distintos entre sí. Es una artista que les da espacio a los más jóvenes, eso me
parece admirable.
En
esta obra hay diferentes registros según los personajes: en el caso de Olivia, por
ejemplo, hay un juego ambivalente entre la comedia y el drama.
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Crédito Lucas Schlott |
Perceptiva
y receptiva, intelectual y visceral, Bárbara Massó escuchó de muy niña el
llamado de las tablas, ese deseo de ser actriz que ella misma no sabe muy bien
de dónde brotó tan tempranamente en su terruño, allá en Córdoba. Lo cierto es
que ya a los 7 pidió ir a un taller de teatro para chicos, y ahí confirmó que
lo suyo era la actuación. Así fue que Bárbara, pocos años más tarde, en un
lugar donde no podía ver obras de teatro, donde no había actividades
relacionadas, encontró una forma de canalizar su apetito de interpretar
preparando y haciendo en el escenario monólogos para competencias culturales
durante el secundario. Esa intrepidez vocacional tuvo felizmente gestos de
apoyo en su familia, en algunos profesores del colegio.
A sus
flamantes 18, la aún adolescente Bárbara se vino solita a Buenos Aires, a una pensión,
sin conocer a nadie, sin contactos de ninguna especie. No fue fácil, obvio,
pero BM, con admirable tenacidad para vencer angustias y desalientos, lo logró:
ingresó en el entonces IUNA, hoy UNA (Universidad Nacional de las Artes), y fue
para adelante. Tanto que hoy vive dignamente de su oficio.
Actualmente,
BM es bastante más que una joven promesa sub30, aunque los jurados que votan
candidaturas y premios parecería que aún no se dieron cuenta. En estos días, la
actriz despliega amplia paleta de emociones en la afligida, doliente Adela, de
la obra Adela está cazando patos, y en Rabia Roja,
desdoblándose en varios personajes en este impactante, suntuoso homenaje a
Salvadora Medina Onrubia. Ambos espectáculos pertenecen a su hada madrina,
Maruja Bustamante, que dice de ella: “Cuando la vi, supe que era buena”. Un
calificativo que podría aplicarse tanto a la actriz como a la persona, porque
Massó suena igualmente sincera en el escenario y en la vida. En la conversación
con Damiselas, algo incontaminado se puede presentir en ella; algo íntegro e
idealista. Esa ausencia de tics y manierismos se puede notar –sin confundir los
planos, claro- en esta entrevista donde Bárbara no intenta “vender” nada, no se
cuida de “quedar bien”, nunca es autocomplaciente. Como dice MB de BM: “Ella
deja las escenas para el teatro”. Y en el teatro es muy capaz de ofrecer
iluminación garantizada.
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Massó, de niña |
¿Qué
descubrimiento hiciste acerca de la belleza?
-Que no
tenía que ver exclusivamente con el aspecto físico. Que la apreciación es
extremadamente subjetiva, referida a los propios gustos, a las influencias que
recibiste. Para mí, personalmente, la belleza tiene mucho que ver con la
forma de ser del otro, de la otra, con sus pensamientos, con su visión del
mundo. Me di cuenta de que había pretendido erradamente para mí esos formatos
prefabricados de muñecas televisivas que propone el mercado. Y comencé a
advertir que las mujeres que me parecían bellas estaban lejos de esa cosa
seriada. Esto lo notaba en las distintas relaciones personales, también como
espectadora de teatro, de cine. Pero tuve que hacer todo un trabajo para
apropiarme, para aplicarme a mí misma esa nueva valoración.
-Claro,
total. En el interior funciona bastante la elección de la reina de la
primavera, etcétera. Un imaginario asociado a ese prototipo de belleza del que
te hablaba antes: la de ser más linda, la más agraciada. Como si se tratara de
una competencia, de un lugar ideal al que hay que llegar, una meta para muchas
chicas. Como si el aspecto físico fuera de por sí un mérito. En relación a toda
esa mentalidad, el teatro resultó bastante salvador para mí.
Cierta
vez, en una entrevista, me dijo Griselda Gambaro: “La belleza es un reflejo”.
Definición breve y perfecta, porque es cierto que una puede ver en una cara que
no es convencionalmente bonita ese reflejo, esa luz de la belleza.
-Qué
buena esa frase, me la voy a anotar. Sintetiza muchas cosas.
-Cumplí
los 18 allá en febrero de 2008. Había terminado la secundaria y me vine para
acá, sola.
¿De
dónde sacaste las agallas para dar semejante paso?
-Fue la
decisión más importante de mi vida, y también la menos enroscada, a la que le
di menos vueltas. Es verdad que el deseo venía de lejos: a eso de los 10 años,
le había dicho a mi mamá que quería venir acá a estudiar. A los 14, sentada un
día a la mesa en el almuerzo familiar, le pregunté a mi papá: “Ché, ¿a vos te
molestaría que yo estudiase actuación en Buenos Aires?”. Mi viejo me respondió
que no, que cada uno tenía que hacer lo que más le gustara…
¡Ídolo
tu papá!
-Mi papá
es muy capo. Él fue quien un día, tiempo después de este diálogo, me informó:
“Bárbara, hay una universidad de arte…”. En realidad, en ese entonces, el IUNA
todavía era un instituto. Me acuerdo de haber empezado enseguida a mirar en
Internet el programa de la carrera que quería seguir. O sea que la idea de irme
a estudiar actuación era algo que estaba latente mientras pasaban los años de
la secundaria. Y llegó el 2007, ya terminaba ese ciclo. Me agarró como un miedo
de no poder entrar en el IUNA. Imaginate, ni siquiera sabía que existía la
EMAD, cosa de la que me enteré estando acá. Considerando esa posibilidad,
comenté en mi casa: “Bueno, quizás tendría que anotarme en la UBA, en
sociología, ciencias políticas”. Mi papá reaccionó: “Pero vos, ¿qué querés
ser?”. “Actriz”. “Bueno, anótate en actuación y después ves qué sucede…”. Tenía
razón. Y vine, me anoté, entré. Fue duro ese primer año, vivía en una pensión.
Un movimiento importante del pueblo a la ciudad grande. Estuve como seis meses
bastante angustiada. Pero siempre, en el fondo, bien segura de que me gustaba
mucho lo que había elegido. Me empecé a rodear de amigos, estudié un montón,
subí al escenario, acá estoy.
-Mirá,
mi viejo es contador; mi mamá, licenciada en recursos humanos –aunque en esa
época todavía no se había recibido-. La familia de mi papá es deportista, así
que lo primero que hicieron conmigo fue mandarme a tenis, que mucho no me
gustaba. Se abrió un curso para chicos de teatro y mi mamá me preguntó si
quería ir. Yo tenía 7, dije que sí. Me metí en ese taller y me empecé a
entusiasmar. En mi pueblo hay una Unión Bellvillense de Estudiantes
Secundarios. Algo así como una ong donde se organizan anualmente dos copas: la
de deportes y la cultural. En esta última se hace una especie de competencia de
monólogos de drama y de comedia. Cuando comencé la secundaria, como es de
suponer, me incliné por la cultural, y trabajé en el armado de monólogos, actué
bastante. En Bell Ville no había mucha movida relativa al teatro, de modo que
no tenía a dónde recurrir para buscar materiales, obras.
¿Cómo
te las arreglabas para hacer los monólogos?
-Para el
primero que armé, me basé en un cuento que figuraba en una revistita que me
había regalado mi abuelo. Lo firmaba una escritora cordobesa, Graciela Bialet,
la autora de Los sapos de la memoria. Leí ese relato y pensé que
servía para un monólogo, y lo armé. Fue como una intuición que tuve de que
había que adaptarlo un poco para que funcionara al decirlo…
-Sí, es
verdad. Nunca lo había pensado de ese modo. Tiempo después, hice otro monólogo
sobre Eva Perón, mirá qué loco. Leí Santa Evita, de Tomás Eloy
Martínez, y luego un amigo de mi viejo que es muy peronista –mi familia, no- me
pasó los documentales de Favio. Miré también las películas que había sobre
Evita, y con toda esa investigación escribí un texto.
¿Guardaste
ese monólogo?
-No, no
lo tengo, aunque creo que hay un video. Bueno, mi mamá se copó y llamó a una
chica que sabía peinar para que me caracterizara un poco, porque soy medio
morocha… Me pintaron el pelo con aerosol, un delirio. Porque la competencia de
monólogos era a las 10 de la mañana: los veían el jurado y unas pocas personas
del público.
¿Alguien
te dirigía, te coucheaba, algo?
-No, no
tenía ese recurso. Todo era hecho con ganas, dedicación, amor… y pura
intuición. Pero en un punto muy precario. Sí tuve desde primer año a Iván, mi
profesor de literatura, que fue muy importante. Él nos dirigía en las
actuaciones grupales. Justamente, en estos días me llamó para pedirme ayuda en
una obra que están preparando para la competencia de este año. La escuela
pública normal tenía esa actitud tan linda de alentar esas experiencias, nos
daban permiso para ensayar en horas de clase. Había una profe de educación
física que nos decía: “Los que se ocupen de la parte cultural pueden ensayar en
mi hora”. Entonces, me salvaba del vóley y podíamos preparar la actuación en
ese espacio.
O sea
que creciste en un pueblo con reinas de belleza y otras convenciones por el
estilo, pero con unos padres de cabeza abierta y algunos buenos profes en el
colegio.
-Así
fue, estaban los dos polos. En mi escuela yo hacía una orientación en ciencias
sociales que resultó muy fundamental en mi vida. También tenía esos docentes
que fomentaban el pensamiento crítico, esa duda sobre las cosas. Después estaba
la tía Chela, que ahora ya es doctora en ciencias sociales, que me regalaba
libros. También mi papá viajaba a Buenos aires y me traía regalos como el
librito de Hamlet que el otro día releía antes de la función
de Adela está cazando patos. Me lo dio cuando yo tenía 15 y le
pedía que me comprara obras de teatro cuando se iba por trabajo.
Mirá
qué premonitorio tu papá, ¡justo el Hamlet a la futura intérprete de Adela,
reversión de esa pieza de Shakespeare en el norte argentino contemporáneo!
-Re. Ay,
lo amo a mi papá. También me compró Romeo y Julieta. Sí, tuve esa gran suerte
de que me fomentaran lo que sin duda era una inclinación mía muy fuerte.
Aparte, en la escuela, por la orientación que había elegido, teníamos
proyectos, interveníamos instituciones públicas, nos tocaba trabajar con niños,
adultos. También participé en el centro de estudiantes, estuve en cierta forma
muy vinculada a la militancia no partidaria, pero con mucha conciencia social.
Y daba clases en una escuelita de apoyo social de mi profe de literatura,
hicimos un musical con los pibes el último año que estuve allá. Mucha actividad
en cosas que me importaban.
Tuviste
que encarar un cambio radical cuando te instalaste acá.
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Massó preadolescente |
Más
allá de los momentos duros que pasaste en la primera etapa, te trajiste
refuerzos de Córdoba…
-Claro
que sí. Aunque había escasez en materia teatral, tuve otros estímulos, apoyo en
el plano familiar y en la escuela, la actividad social que te comenté. Por algo
pude empezar a producir en Bell Ville.
Y
llegó el día del ingreso al IUNA.
-Fue en
febrero, con una vendita porque me había esguinzado. Entré de una al IUNA: hice
el ingreso ese año y lo logré. Se abrió un mundo mágico, ilimitado para mí.
Salvo uno, los profesores de ese primer año estaban copados, empecé a tener
amigos a los que les gustaba lo mismo que a mí. La primera etapa fue de mucha
ansiedad, hasta que empecé a bajar un poco. Éramos dos Bárbaras y dos Eugenias,
cuatro amigas que pasábamos muchos tiempos en la universidad, aparte de las
clases. El segundo año, hice actuación con Analía Couceyro, el tercero
con Silvina Sabater y ahora trabajo en su cátedra. Ahí me empecé a enterar de
sitios como el Sportivo, donde estuve un tiempo paralelamente. Me dediqué a
leer textos de teatro, de filosofía. Íbamos en grupo a ver obras, las
comentábamos…
¿Por
qué elegís a Sartre para tu tesis?
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Pollerapantalón |
Se
han dejado de representar sus obras.
-Es
cierto, pero pienso que se podrían hacer relecturas actuales. Un poco te lo
linkeo al caso Salvadora Medina Onrubia, a quien me he dedicado bastante el
último año. Nada que ver entre sí, obvio, salvo en el sentido de que quedaron
relegados. Gael Policano Rossi le mandaba a Maruja las poesías de Salvadora
incluso antes de que estuviera armada la obra Rabia Roja. Y me
entusiasmé al leerlas, me quería comprar el Misal de mi yoga. Pero
me enteré de que no estaba en librerías, solo en la Biblioteca Nacional, y en
alguna oferta carísima de Mercado Libre. ¿Por qué no se reedita?
A
través de estos años de estudio y trabajo, ¿tu fe en la actuación se mantiene
inconmovible?
-Sí,
mal, totalmente. No tengo la menor duda. Solo una vez, cuando me fui de viaje a
Europa después de recibirme, pensé: ¡qué lindo vivir viajando! Y sentí que mi
profesión me retaceaba eso… Pero sabiendo en mi corazón que estaba por delante
del teatro que, además, dado mi temperamento con tendencia a angustiarme,
siempre me rescata.
-Un poco
droga, sí. Y a veces, remedio, con algo de calmar el dolor de vivir… En ese
sentido, subí muchas veces una frase –medio en serio, medio en broma- cuando
estaba en las redes sociales: “El teatro nos va a salvar a todos, no del hambre
pero sí de la miseria”. De otras miserias más allá de las materiales. Ahora ya
estoy más grandecita, creo que voy mejorando, pero tuve momentos emocionalmente
complicados. Y en esas ocasiones, lo único que me organizaba eran mis
funciones.
¿Pensás
que algunas de las obras que hacés le pueden servir al público para organizar o
mejorar algo en su pensamiento, en sus emociones?
-Ah,
cuando eso llega es un flash. El otro día, alguien muy joven fue a una función
de Adela, era la primera obra de teatro que veía y puso un
comentario muy lindo. Respuesta parecidas tuve con Dios tiene algo
guardado para nosotros… También con Pollerapantalón hubo
gente que se sintió reconocida, que entendió algo de su propia vida. Bueno,
cuando eso sucede es un regalazo. A mí también me pasa a veces como
espectadora.
Arrancaste
en el escenario con los poemas de Perlongher.
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Maruja Bustamante y Bárbara Massó |
Ahora
te está dirigiendo en Adela está cazando patos, en el Callejón, y en Rabia Roja,
en el Regio, un teatro público.
-Sí, es
la primera vez que actúo en una sala oficial. La última ocasión que me subí al
escenario en una sala grande fue en Bell Ville, cuando tenía 17, imagínate.
Pero acá, siempre en salas chicas independientes. Y en el primer ensayo en el
Regio, al decir un poema que se agregó al final y no estaba tan trabajado,
frente a ese gran espacio me sentí un poco insegura. Se me flexionaron las
piernas y Maruja, que me conoce, lo notó enseguida. Me dijo: “Barbi, tranquila,
estirá las piernas”. El día que supe que iba a estrenar en el Regio, estaba en
el Camarín, donde asisto en sus clases a Sebastián Mogordoy: vi el mensaje de
Maruja y me largué a llorar.
-No,
empecé a leerme todo lo que puede encontrar: obras, una novela, poemas. Ella es
increíblemente genial, tiene una mirada muy propia sobre el mundo y la plasma
con gran decisión. En teatro, fue capaz de construir una buena estructura,
desarrollar personajes y situaciones. Podría haberse quedado tranquilamente en
ser la señora de, disfrutando de una fortuna. Pero no, ella arremete, rompe con
los códigos de una clase social. Provinciana, maestra, se vino a Buenos Aires.
Se hizo amiga de Alfonsina Storni, que también era madre soltera, ambas muy
jóvenes. Y Salvadora cuidó a Alfonsina cuando se enfermó. Una mujer fuera de
serie, totalmente. Y su poesía, quizás lo menos conocido de su obra literaria,
medio que me destruyó. En la obra, me tocan un par de poemas que me gustan
mucho. Todo el compromiso político de Salvadora es increíble: la carta a
Uriburu me impresiona por su coraje, su irreverencia, su lenguaje, diciéndole
cosas como “las tonantes iras de Júpiter doméstico… Usted no lo sabe, pero hay
algo que se llama karma”. Ella entra en un mundo espiritual de mucha hondura,
sin dejar de lado la política. Una mujer prodigiosa para su época, para
cualquier época. Una ariana guerrera. Entre tantas cosas sobresalientes, habría
que mencionar su defensa del militante obrero anarquista Simón Radowitzky.
En
otro registro, con un personaje femenino de ficción, seguís
protagonizando Adela
está cazando patos, en el rol de la atormentada hija que busca venganza por
la muerte de su padre.
-Ay, Adela.
Una obra que me ha marcado mucho, el único de los personajes que hice que llevé
a terapia… No había visto la primera versión, no estaba acá cuando se estrenó.
Pero sí recuerdo haber ido a un congreso en el IUNA a escuchar a Maruja habla
sobre Adela. Y lo que ella dijo me quedó grabado… Años después,
ella me avisó con bastante anticipación que iba a reponer Adela con
cambios. Yo ya había leído la obra y me había entusiasmado. En el IUNA, que
ahora es la UNA, doy clases en tercer año y entre los materiales, Shakespeare
está muy presente. Maruja me había hecho también la referencia lorquiana del
personaje. Así que la obra tenía hermosos condimentos para mí, además del dato
de que Hamlet era mujer. Y actuar de nuevo con Maruja, con estos compañeros:
todo a favor.
¿Qué
balance hacés ahora de esta experiencia, ya en la segunda temporada?
-Actualmente
disfruto un montón la obra. Creo que fui mejorando en funciones, estoy más
relajada en escena. Porque también el desafío era encontrarle la contradicción,
que Adela no quedase como alguien puramente reactivo. Porque tanto el Hamlet
original como la Adela de Lorca en Bernarda Alba, y la Adela de
Maruja terminan siendo pobres pibes, víctimas de algo que los supera. Decidida
a vengar la muerte de su padre, mi Adela no es un personaje de una sola
dimensión: había que encontrarle ese lugar de vulnerabilidad, de humanidad,
también de miedo. Transito ese arco, hay un momento en que me digo: ahora viene
la tragedia, ya no se puede parar… Esa sensación me proporciona un nivel de
gratificación muy grande. Por suerte, mis compañeros son unos copados, gente
retalentosa. Y por supuesto, la presencia de Maruja como directora, que supo
esperarme con su gran paciencia. Porque tampoco la enganché tan rápido a Adela.
Para mí, esta obra es un punto de inflexión de suma importancia. Tratar de
comprender a mi personaje también me sirvió para la vida, para ver en mí
ciertas cosas. Muy iluminador.
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Adela está cazando patos |
-Ahí se
dio una mezcla buenísima –y difícil de lograr- entre la genialidad de Maruja y
la calidad de Yanina Gruden como actriz. Maruja tiene una infrecuente libertad
creativa en todos los rubros: de repente, en una tragedia muy oscura hace
saltar algo muy fresco, ocurrencias que valen porque matizan. La gente se ríe y
casi al mismo tiempo se le puede caer una lágrima.
Pero
tu personaje tiene una tonalidad grave que se mantiene, permanece en su propio
eje y a la vez es eje de la obra.
-Sí,
Adela tiene que permanecer en ese lugar. Eso también tuve que internalizarlo,
porque en un principio lamenté un poco que no me tocara ninguna línea de
comedia. Maruja piensa sus obras musicalmente, y no solo porque mete con
acierto canciones. Texto y puesta tienen algo de partitura: ella es una
excelente actriz, una gran directora que entiende y desarrolla algo de los
ritmos de la actuación cuando arma la puesta en escena. Para el elenco es un
regalo del cielo, porque con su organización de la puesta te facilita la
compresión de las situaciones, de los personajes.
-Mirá,
ya el año pasado cuando estrenamos estaba muy consciente de su nivel tan alto
en todo sentido, que me resultaba tan satisfactoria en muchos niveles.
¿Aparecerá algo que me guste tanto actuar, que no tenga sabor a menos?, me
preguntaba. Felizmente, llegó Rabia Roja. Pero es verdad que Adela es
una obra de verdad excepcional.
¿Cómo
te manejaste con tu acento cordobés, que advierto que en algún momento te
aflora?
-Va y
viene mi acento cordobés. Me surge cada tanto en la vida real. Claro que se me
fue yendo al adaptarme a Buenos Aires y, sobre todo, por mi trabajo de actriz.
Cuando voy a Córdoba, me critican un poco por aporteñada. Creo que ahora ya
puedo dominar bastante ambos acentos, como dos músicas: por supuesto, cuando
estoy acá, sale automáticamente el porteño. Y cuando viajo a mi provincia me sale
el cordobés. Trato de ir a Bell Ville lo más que puedo, pero últimamente estoy
pudiendo muy poco. Me gusta ir, visitar a mis abuelos. Pienso primero en ellos
porque son los que no viajan a Buenos Aires.
Te ha
tocado trabajar en varias obras lo que se conoce culturalmente como lo femenino
y lo masculino. De hecho, en Rabia Roja, aparte de encarnar –al igual que tus compañeras Sofía
Wilhemi, Romina Richi y Adriana Pregliasco- a Salvadora, en los fragmentos de
sus obras que propone la dramaturgia las actrices hacen roles de varones.
-Sí, a
mí me toca Maure, de La solución. Y también entro un par de veces
como Pitón, el hijo de Salvadora. Soy medio obse, así que primero me planteé
cuál era la manera de encarar estos varones: quería resolverlo, saber qué leer,
qué mirar. Empecé a ver algunas pelis argentinas, me puse audios en el celular
para escuchar acentos. Hasta que me di cuenta de que tanta información me
trababa un poco, que más valía fluir. Y a la hora de ensayar, como siempre con
Maruja, apareció esa cosa lúdica, de jugarlo más. Primero me enganché con el
tema de la voz, después con la actitud corporal… Me ayudó lo que había hecho
en Pollerapantalón, algo masculino de mi papel en esa obra. También
en Adela hay ciertas actitudes que se atribuyen a los hombres.
Finalmente, en Rabia Roja vi que tenía que dejarme llevar por
el texto. Imaginate que, en el personaje de la obra que escribió Salvadora digo
frases como: “¿Se han fijado lo feas que son las mujeres inteligentes?”.
Expresiones muy fanfarronas de chabón que te conducen al estereotipo. Son roles
masculinos de la primera mitad del siglo veinte, con ese énfasis que se tenía
por propio del varón: cosas de chabón machista de hace un siglo. Y como
te decía, por Pollera…, por Adela, ya venía algo
entrenada para ponerle cuerpo. Como nos decía Maruja: “Todo más para afuera”.
Ella nos guió mucho, había tenido su propia experiencia en Oso,
donde estaba increíble haciendo a un tipo. A Pitón, el hijo que hago en dos
escenas breves, no lo pienso tanto como hombre. Porque el personaje está más
planteado como una visión de ella después de que Pitón murió. Inclusive, no
cambio la voz en esas apariciones.
¿Te
imaginás a haciendo un protagónico masculino? Digamos como Blanca Portillo
en La vida es sueño.
-No la
vi a Blanca, lamentablemente. Creo que en principio me daría un poco de miedo,
quizás porque me cuesta más lo compositivo más formal que lo vincular, lo
emocional. La composición me llega después, como consecuencia. Sería un desafío
exigente, pero seguro que me divertiría. Todo puede ser: en Rabia canto,
y antes no cantaba.
-Más bien: Adela, Rabia y estoy
ensayando otra obra, de Juan Pablo Galimberti, para empezar a mostrarla a fines
de agosto, principios de septiembre. Entra dentro del género de terror.
¿No
parás ni para regar las plantitas?
-Las
plantas las riego porque las quiero. Pero mi casa pasa épocas muy duras. Anoche
a las 4 de la mañana, terminé de acomodar el placar que se me había caído y que
tardé un mes en arreglarlo. Pero me gusta ese ritmo arriba, me hace bien. Trato
de cuidarme, de alimentarme mejor, hacer gimnasia. Estar en buena forma para
bancarla.
Rabia
roja se presenta los miércoles a las 20.30 hs en el Teatro Regio, Avenida
Córdoba 6056. Entradas $80.
Adela está cazando patos, los domingos 16 hs
en el Espacio Callejón, Humahuaca 3759.